Divagaciones sobre la gratitud.




para la gente que amo en el Perú que invento. 
en especial a José Luis Segura García, mi compadre y amigo de más de 30 años.


Es curioso. Lo pienso y no lo creo. En unos meses cumpliré veinte años en este país que no deja de sorprenderme. Todos los días aprendo algo nuevo. Palabras, jergas, símbolos, gestos, significados que no acaban nunca.

Puedo decir que tengo dos países. Y varias almas dentro de mi.

Es verdad que mi primero país - donde nací - es también muy complejo y mágico. De alguna manera, diría que es más complejo y más mágico que el Brasil. Pero eso es por que el Perú alimentó mi infancia, con el imaginario de años intensos y llenos de situaciones y manifestaciones que se quedaron grabadas en la parte de ensueño que cualquiera tiene - y que yo, para mi mal, tengo en exceso.

Pero no podría optar o escoger. Ahora, después de diecinueve años, los dos son míos. O ninguno. La verdad es que inventé dos países que llamo de míos. Un Brasil y un Perú. 

El primero es el del cotidiano, de los amores, el de los sueños de construir y de reinventar. El Brasil es un lugar donde, suertudo, he sido acogido y valorado. Donde hay gente que piensa en mi y me desea alegria, bienestar, y transcendencia.

El segundo es el de los recuerdos, de la idealización, de los amigos de infancia y juventud, de las anécdotas e historias que nos gusta recordar y, si es posible, contar. El Perú es el país del volver, de retornar. Del abrazo con los viejos amigos, de sentir sabores que nos evocan emociones y situaciones especiales del pasado. También es el país donde medito sobre lo que aun no hice, ou no podré hacer; o sobre las oportunidades perdidas - esas que, pensando ahora, no tomamos y se fueron. Y también es el lugar donde digo: por qué habré salido de aqui? mi ausencia perjudicó a tantas personas. Si hubiera estado aqui no habría pasado tal o cual cosa. Ilusión. Mas engaño necesario. Es parte de un processo de conocimiento y sabiduría.

Lo que queda claro en mis invenciones y confusiones, que llevo dentro del corazón, o bien dispuestas en el cerebro lleno de vericuetos y trampas amorosas, es la gratitud.

Agradecer - aunque no lo haga de manera óbvia ni de manera expansiva - es un ejercicio central y difícil de vivir coherentemente. A vezes me he distraido - la vida nos lleva por caminos veloces y distraidos - y no he ejercido la gratitud. Después de años un día despierto y digo: caramba, debía (o debo) haber agradecido tanto a tal o cual persona querida. No lo hice. No lo hago. Y el tiempo continúa veloz.

En unas semanas cumpliré 52 años. Algo que poco significa. Tengo una vida profunda. A pesar de mis descuidos, he tenido experiencias que otros piensan que una sola persona no podría tener. Buenas. Inolvidables. Pero al cumplir 52 - así como en otros años - siempre pienso en agradecer. Me lamento o me alegro. Digo: podré hacerlo, o no. 

Y no siempre es necesario decir gracias. A vezes, lo mejor, es reír juntos, compartir una comida querida o una canción que nos lleve a situaciones que compartimos antes. O algo nuevo que nos renove. 

A veces en la vida hay alertas. Alertas duros y amorosos. Yo pienso que son alertas para recuperar la gratitud.

Los alertas nos hablan de la fragilidad de las certezas, de lo relativo de esa idea extraña que tenemos en el cotidiano - que todo continuará de esa manera, ad infinitum. E que nunca acabaremos.

En estos tiempos, en que me he sentido más finito, menos eterno y menos automático han surgido muchas vozes amigas. Apoyos, buenos deseos, formas de cuidar y del cuidado. No he podido absorber ni retribuir todos. Ando con un sueño que me deja malhumorado, y que se une a mi natural indisciplina para dejarme menos productivo.

Por eso, en este texto cojo, no calculado ni pensado para producir buenos efectos en el lector, renuevo la gratitud, las gracias, a los muchos amigos y conocidos que tuvieron gestos de bondad, que me enseñaron tantas cosas. 

Estas divagaciones, porque no se les puede llamar reflexiones, surgieron después de una conversación con mi querido hermano Lucho Segura. Él se encontraba en un hotel de São Tomé e Príncipe - que son dos islas en el África. Fue un diálogo especial, de viejos amigos que no se ven hace mucho tiempo.

Como si no hubiera pasado el tiempo. Así decimos cuando los encuentros nos impresionan tanto y nos encantan. Y así fue. Y agradezco.

Gracias Lucho. Gracias amigos. Gracias paisajes. Gracias tiempos. Gracias sueños. Gracias encuentros.






[Julio Alberto Wong Un publica na Rua Balsa das 10 às 2das-feiras]

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